Homéridas

 

Homéridas y Shakespeares

¿Qué pasaría si la Guerra de Troya fuera contada por las mujeres que la vivieron?

Seguramente el relato sería el mismo, aunque los detalles no. Para ellas, las diosas, las princesas, las esclavas de Grecia y Troya, algo modifica la trama de la historia: su mirada implacable, separada de la batalla cuerpo a cuerpo.

Para las mujeres de la Ilíada y la Odisea no sólo hay héroes, grandes hombres, hazañas monumentales o dioses veleidosos. En Troya, como en cualquier situación de conflicto, hay algo todavía más grande: los imponderables. Esto es lo que ellas contarían: esos puntos de quiebre donde el caos o la discordia aprovechan para dignificar su reino de la oscuridad y donde las causas éticas son olvidadas, para acumularse en eso que llamamos la noche de los tiempos.

En este hilo narrativo, en el que usamos a Homero y a Shakespeare indistintamente, se persigue eso: el origen del caos, las huellas de las fuerzas pequeñas, el trazo de los errores sin cálculo, el predominio de las pasiones bajas y el calendario cotidiano en tiempos de guerra. Ahí, en el escenario del campo de batalla, además de pelear, los jóvenes se enamoran, unos mueren y otros nacen, los abyectos trafican, los feos ejecutan su resentimiento contra toda belleza, la sinceridad se reivindica, emergen nuevos usos y costumbres, se fabrican modas… y se anhela el día siguiente.

Y es ahí donde, irremediablemente, lo que queda al final del día son personas desnudas, ante sus precarias interrogantes y sus íntimas respuestas.

Ximena Escalante

 

                Homeridas 250                 Homeridas 250
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