El jardín de los cerezos

De Antón Chéjov
Versión al castellano Compañía Nacional de Teatro
Dirección Luis de Tavira

 

El jardín de los cerezos transcurre a lo largo de cuatro actos que van del inicio de la primavera al comienzo del invierno, en el linde que decide la duración del tiempo: un amanecer, un atardecer, una fiesta que termina y los minutos que preceden a la devastación del jardín. Para Luis de Tavira, su director, el jardín de esta obra “es resultado de la relación entre el hombre y la naturaleza, porque se trata de un jardín cultivado que demanda el cuidado de cada día y que es la forma para testimoniar la presencia del hombre y de la naturaleza: el paraíso perdido justo en la frontera que supone la emergencia del mundo industrial que nos ha traído la devastación ecológica y esa otra catástrofe espiritual que es nihilismo”.

Esta puesta en escena de El jardín de los cerezos, última obra de Anton Chéjov, conmemora el 150 aniversario del natalicio de su autor, que en palabras del director de escena, es un “entrañable escritor que refunda el realismo y abre claves para sondear dentro del corazón humano en términos del realismo más exacto y de la poesía más insospechada”.

Escrita en 1903, El jardín de los cerezos es el símbolo del derrumbe un modo de vida que no se adapta a las nuevas circunstancias. Cuando Chéjov inicia su escritura, su vida está marcada por la muerte, lo único que queda es un poco de tiempo, por esto tal vez sea una obra acerca de la duración del tiempo, del cumplimiento de cada ciclo, depende de qué unidad de medida escojamos. Por eso sucede en el inicio de cada una de las cuatro estaciones.

 

Sinopsis:

 A principios de 1900, una familia endeudada de la aristocracia rusa, está a punto de  perder el hermoso jardín de su finca, en el que cada árbol fue testigo de su existencia. Las transformaciones sociales de la época dieron lugar al derrumbamiento de un orden secular y a la emergencia salvaje que en su momento cambiaría la historia. El fin de una época y el inicio de otra, transcurren ante el espectador que acompaña a Liuba, a  su familia  y a su servidumbre,  a lo largo de cada cambio de estación, todas ellas marcadas por la indolencia y el vacío. Metonimia del mundo, la escena sucede en el indecible lindero que media entre lo real y lo imaginario, la memoria y la premonición, la ilusoria felicidad de los deseos y la contundencia de los hechos.